China inicia 2026 con importantes dificultades para reactivar su crecimiento económico, a pesar de la insistencia de su presidente Xi Jinping en reforzar la demanda interna. En una reunión a finales de 2025, Xi destacó la prioridad de coordinar esfuerzos para aumentar el consumo y expandir la inversión, pero seis meses después ambas áreas presentan caídas inesperadas.
Las ventas minoristas en mayo mostraron una reducción por primera vez desde 2022, reflejando una persistente apatía entre los consumidores que no se ha disipado luego de la pandemia. Al mismo tiempo, la inversión también se desploma, con un descenso del 4,1% entre enero y mayo respecto al mismo periodo del año anterior, marcando el retroceso más acusado desde los primeros meses del Covid-19.
Esta combinación de debilidad en consumo e inversión refleja una economía que lucha contra un estancamiento interno, inédito tras la reapertura. Según Frederic Neumann, economista jefe para Asia de HSBC, el optimismo esperado al inicio del año ya está cediendo, y la pregunta de si la economía ha tocado suelo sigue abierta.
China enfrenta un dilema estructural: debe superar un modelo de crecimiento centrado en la inversión y las exportaciones, pero no consigue alternativas claras para dinamizar la actividad interna. Las exportaciones siguen creciendo, y en mayo aumentaron un 19%, pero el dinamismo externo enfrenta mayores tensiones comerciales con socios como la Unión Europea y Estados Unidos.
El sector inmobiliario, motor clave durante años, atraviesa su quinto ejercicio consecutivo de desaceleración, con precios en retroceso y una merma generalizada en la confianza de los consumidores. En mayo, el precio de la vivienda nueva bajó un 0,2% en 70 ciudades, lo que impacta negativamente en la inversión y el consumo asociado a bienes duraderos.
Además, la menor utilización de programas de promoción del intercambio de bienes ha contribuido al desplome de las ventas minoristas en sectores estratégicos como electrodomésticos y automóviles. La inversión en infraestructura también sufre por el impacto de los mayores costes derivados de conflictos internacionales como la guerra en Irán, sin que las áreas manufactureras logren compensar esta caída.
Logan Wright, analista de Rhodium Group, apunta que estas debilidades en el gasto y la inversión son en parte estructurales, no solo coyunturales, lo que complica los esfuerzos de Pekín para revertir la tendencia. La inversión en activos fijos, tradicionalmente un indicador clave, se cuestiona por la calidad y confiabilidad de los datos oficiales, ya que los gobiernos locales tienen incentivos para inflar las cifras.
Después de las medidas para limitar la competencia excesiva y el gasto innecesario ordenadas por Xi, la inversión ha caído persistente, hecho que algunos analistas interpretan en parte como un reflejo de la subestimación estadística. Lynn Song, economista jefe para China de ING, enfatiza que la reducción en proyectos marginales, como ciertos desarrollos eólicos y solares, ejemplifica una búsqueda consciente de mayor eficiencia en la inversión pública.
A diferencia de otras grandes potencias, China no publica trimestralmente desgloses detallados del PIB sobre inversión, consumo y exportaciones, lo que limita la transparencia y dificulta el análisis preciso. Los datos anuales ya mostraron en 2025 una reducción nominal en la formación bruta de capital fijo, algo inédito desde la década de 1990, agravado por un entorno deflacionario que podría distorsionar las cifras reales.
Por otro lado, el comercio exterior mantiene señales favorables, con un superávit récord en 2025 impulsado por las exportaciones, aunque en meses recientes las importaciones han crecido aún más rápido, beneficiando a sectores como el tecnológico y de semiconductores, directamente relacionados con el auge global de la inteligencia artificial.
Adam Wolfe, economista de Absolute Strategy Research, destaca que mientras los servicios y bienes dirigidos al consumidor final languidecen, los servicios entre empresas mantienen un mejor desempeño, apuntando a la complejidad segmentada de la economía china.
No hay indicios claros de un cambio radical en la política económica china, que continúa fijando un objetivo de crecimiento moderado para este año, 4,5%, el más bajo en décadas. Según Neumann, la falta de una política activa diseñada específicamente para estimular el consumo limita las alternativas para un crecimiento sostenible a largo plazo.
En resumen, el modelo chino de crecimiento basado en una intensa inversión pública y exportaciones enfrenta una encrucijada política y estructural. Los sectores y actores económicos están adaptándose a la nueva realidad, pero la transición hacia un modelo impulsado por la demanda interna se topa con profundas resistencias y dificultades.
Como concluye Neumann, el sistema político y económico vigente ha sustentado más de 40 años de progreso. Sin embargo, la percepción de que este modelo ha dejado de ser plenamente efectivo se confronta con retos humanos y estructurales difíciles de superar en el corto plazo.
Para entender mejor el panorama y las implicaciones de este estancamiento, se recomienda consultar el análisis del Financial Times y los últimos datos oficiales publicados por el National Bureau of Statistics of China.
Este escenario plantea preguntas sobre el futuro económico global y la capacidad de China para reinventarse, un proceso clave para el equilibrio de las relaciones comerciales y geopolíticas mundiales.