Durante los últimos años, la industria automovilística occidental ha visto cómo la fabricación de vehículos eléctricos se ha desplazado significativamente hacia China. Esta tendencia responde a la creciente sobrecapacidad productiva y al liderazgo tecnológico que el gigante asiático ha consolidado en el sector, factores que resultan muy atractivos para marcas internacionales que buscan mantener su competitividad y reducir costes en un entorno cambiante.
Desde la década de 1970, China ha jugado un papel clave en la producción automovilística, aunque inicialmente para el mercado doméstico y militar. Hoy, grandes grupos europeos y asiáticos como Stellantis —propietaria de Jeep— han establecido alianzas con empresas chinas como Dongfeng para fabricar versiones eléctricas de modelos emblemáticos. Estos vehículos no sólo se destinan a China sino también a Oriente Próximo, el sudeste asiático y Europa, consolidando a China como plataforma de exportación.
Este cambio estructural responde a una reconfiguración global que algunos analistas comparan con la migración de industrias desde Detroit a México en décadas anteriores. La principal ventaja de China radica en su cadena de suministro integrada y su capacidad para reducir significativamente los costes: por ejemplo, producir un SUV eléctrico allí cuesta alrededor de un 30% menos que en economías avanzadas gracias, entre otros factores, a precios más bajos de las baterías.
Así, marcas como Volkswagen, BMW, Nissan y Hyundai están incrementando sus exportaciones desde fábricas chinas, pese a las tensiones comerciales y arancelarias que Estados Unidos ha impuesto con hasta un 100% de gravámenes a vehículos importados desde China. Mientras que EE.UU. limita este comercio, Europa mantiene políticas más flexibles, con aranceles de hasta el 45%, ofreciendo oportunidades para estas exportaciones.
La consultora Automobility estima que China ya es el mayor exportador mundial de vehículos, con un volumen que superó los 7 millones en 2025, y un crecimiento del 61% en los primeros meses de 2026. Gran parte de estas exportaciones corresponden a coches eléctricos e híbridos enchufables, que representan ya el 44% de las ventas al exterior, frente al 7% de hace cinco años.
Los riesgos para la industria europea son evidentes. La producción local se ve afectada por la competencia de los vehículos fabricados en China, que pueden canibalizar mercados y hacer caer la producción en plantas con capacidad infrautilizada. Esta situación ha llevado a sectores y economistas a reclamar una política industrial más contundente dentro de la UE que incentive la producción local y limite la dependencia de la fabricación china.
Al mismo tiempo, la cooperación con China ofrece a los fabricantes occidentales acceso a tecnología avanzada y ahorros importantes de costes. Algunos ejecutivos del sector admiten que esta relación es clave para sobrevivir en la transición hacia el coche eléctrico. Nissan, por ejemplo, planea aumentar progresivamente sus exportaciones desde China con vehículos producidos junto a Dongfeng, apuntando a mercados como Latinoamérica, el sudeste asiático y Oriente Próximo, con la vista puesta también en Europa.
Sin embargo, esta dependencia también conlleva riesgos estratégicos. El dominio chino en baterías, desarrollo de software y cadenas de suministro completas está consolidándose como el estándar mundial, lo que podría desplazar progresivamente a otras regiones como centros clave de innovación y fabricación automovilística.
El aumento de joint ventures y alianzas en China ha permitido a los fabricantes occidentales aprovechar esta integración sin abandonar completamente sus raíces de diseño e innovación, pero la balanza entre beneficios económicos y riesgos geopolíticos es delicada. Mientras tanto, el mercado chino sigue contando con una gran capacidad ociosa: con una producción estimada entre 45 y 50 millones de coches anuales, supera con creces la demanda interna, que el año pasado fue de 23,9 millones.
En definitiva, la industria automovilística occidental se encuentra en un punto de inflexión, donde el motor económico, tecnológico y estratégico pasa por China. La pregunta para Europa y otros mercados será cómo equilibrar esta realidad global sin sacrificar la producción local ni perder autonomía en un sector clave para el futuro económico y tecnológico.