El apoyo de Estados Unidos a Israel, uno de los pilares más estables de la política exterior norteamericana durante décadas, está experimentando una transformación profunda. No se trata de un giro brusco ni de un cambio de gobierno, sino de algo más estructural: un desplazamiento generacional, político y cultural que está redibujando la relación entre Washington y Tel Aviv de forma que puede resultar irreversible.
Los datos son elocuentes. Según encuestas recientes de Pew Research Center, el 60% de los estadounidenses tiene ahora una opinión desfavorable de Israel. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, tres de cada cuatro simpatizan más con los palestinos que con los israelíes, de acuerdo con sondeos publicados por NBC News. Son cifras que habrían resultado inimaginables hace apenas una década, cuando Israel gozaba de un apoyo transversal que trascendía la división entre republicanos y demócratas.
El cambio generacional es uno de los motores de este fenómeno. A medida que la generación del baby boom —mayoritariamente favorable a Israel— va cediendo protagonismo político y social, los millennials y la generación Z toman el relevo con una visión radicalmente distinta del conflicto. Ya no predomina la imagen de Israel como un pequeño Estado democrático rodeado de enemigos. Muchos jóvenes estadounidenses lo asocian, en cambio, con un militarismo expansionista y con décadas de ocupación en Cisjordania.
La ruptura demócrata
Pero el distanciamiento no es solo cosa de la opinión pública. En el plano político, el Partido Demócrata está viviendo su propio terremoto. La semana pasada, 40 de los 47 senadores demócratas votaron en contra de una venta de armas a Israel, un gesto que habría sido impensable en cualquier legislatura anterior. Durante años, los demócratas buscaban activamente la financiación y el respaldo del AIPAC, el poderoso lobby proisraelí. Hoy, muchos candidatos del partido se comprometen públicamente a rechazar ese dinero, calificándolo de comprometido.
El caso de Rahm Emanuel, exalcalde de Chicago, es ilustrativo. Emanuel, cuyo segundo nombre es Israel y que trabajó brevemente como voluntario civil en las Fuerzas de Defensa de Israel, se ha comprometido a eliminar el subsidio anual de 3.800 millones de dólares que Estados Unidos transfiere a Israel. Su argumento es sencillo: Israel puede comprar armamento a precio de mercado como cualquier otro aliado. Que alguien con ese perfil haga ese planteamiento dice mucho sobre hasta dónde ha llegado el cambio.
La tensión entre Emanuel y Netanyahu tiene, además, historia propia. Cuando Emanuel trabajaba como jefe de gabinete de Barack Obama en 2009 y se oponía a la expansión de asentamientos en Cisjordania, el primer ministro israelí supuestamente le llamó "judío que se odia a sí mismo". Esa táctica —acusar de antisemitismo o de doble lealtad a quienes cuestionan la política israelí, incluidos judíos estadounidenses— ha acabado por volverse contra sus propulsores. El abuso de esa acusación ha generado un rechazo creciente que retroalimenta el distanciamiento.
Netanyahu y Trump: una influencia que tiene precio
Otro factor clave en este alejamiento es el papel del propio Benjamin Netanyahu en la política interior estadounidense. Según informó The New York Times, Netanyahu fue la voz más influyente que animó a Donald Trump a involucrarse militarmente en lo que se ha denominado Operación Furia Épica. Lo llamativo es que figuras clave de la administración Trump —el secretario de Estado Marco Rubio, el vicepresidente J.D. Vance, el director de la CIA John Ratcliffe y el jefe del Estado Mayor Conjunto Dan Caine— mostraron distintos grados de escepticismo ante esa decisión. Netanyahu no controlaba los hilos, pero su capacidad de persuasión sobre Trump fue determinante.
Ese protagonismo tiene consecuencias. Los estadounidenses, independientemente de su ideología, son especialmente sensibles a la idea de que una potencia extranjera influye en sus decisiones de guerra. Y aunque Trump es el único responsable de las decisiones de su gobierno, la percepción de que Netanyahu ejerció una presión decisiva ha generado un malestar que atraviesa el espectro político.
El siguiente capítulo de esta historia será el intento de Trump de encontrar una salida negociada con Irán. Cualquier acuerdo que alcance difícilmente satisfará a Netanyahu, que en 2015 rompió el protocolo diplomático al comparecer ante el Congreso para criticar el pacto nuclear negociado por Obama, y que en 2018 influyó en la retirada estadounidense de ese mismo acuerdo. Desde entonces, Irán ha enriquecido uranio suficiente para fabricar cerca de diez armas nucleares, según estimaciones citadas por analistas del sector.
El dilema de Netanyahu es claro: necesita a Trump, pero Trump necesita una salida de un conflicto que empieza a ser políticamente costoso. Y quien suceda a Trump en la Casa Blanca, sea cual sea su partido, partirá de una opinión pública mucho menos dispuesta a financiar y respaldar incondicionalmente a Israel. El idilio histórico no ha terminado, pero está en su momento de mayor fragilidad desde 1948.