Los mercados financieros llevan semanas enviando señales contradictorias. El petróleo cotiza cerca de los 100 dólares por barril, los bonos están bajo presión ante las expectativas de inflación más alta y tipos de interés al alza, y sin embargo las bolsas —especialmente la estadounidense— se han recuperado con fuerza. El dólar ha vuelto a niveles previos al estallido del conflicto con Irán y el oro, históricamente un refugio en momentos de tensión geopolítica, no ha actuado como colchón esta vez. Este desacople entre activos es inusual y genera incertidumbre entre los analistas sobre qué pasará a continuación.
La clave está en que los inversores bursátiles están apostando por el mejor escenario posible: que Washington y Teherán alcancen algún tipo de acuerdo, que los precios de la energía se normalicen rápidamente y que el impacto sobre la economía real y los beneficios empresariales sea mínimo. Si esa hipótesis se confirma, las bolsas tendrían razón al mantenerse al alza y los bonos deberían recuperarse. Pero si el conflicto se enquista, el panorama cambia por completo.
El mayor shock petrolero desde 1956
Mike Haigh, analista de Société Générale, lanza una advertencia que no conviene ignorar: estamos ante el mayor shock petrolero en casi siete décadas, desde la crisis de Suez de 1956. En episodios similares, el suministro ha tardado una media de ocho meses en normalizarse. Eso significa, según sus cálculos, que el barril podría mantenerse en torno a los 85 dólares al cierre de año, muy por encima de los niveles que los bancos centrales considerarían cómodos para controlar la inflación.
Esta perspectiva es especialmente relevante porque el mecanismo de transmisión del precio del petróleo a la economía es bien conocido: encarece el transporte, la producción industrial y la energía doméstica, lo que presiona los precios al consumo y obliga a los bancos centrales a mantener —o incluso elevar— los tipos de interés durante más tiempo. Y tipos altos durante más tiempo es el peor contexto posible para las valoraciones bursátiles, que se calculan descontando beneficios futuros a una tasa que sube con los tipos.
Dario Perkins, estratega de TS Lombard, identifica tres riesgos que las bolsas están subestimando. El primero es que no haya acuerdo con Irán y la tensión geopolítica se prolongue. El segundo es el peligro de recesión, que ya rondaba el horizonte antes del conflicto en algunas economías. El tercero es una posible respuesta agresiva de los bancos centrales si la inflación vuelve a repuntar con fuerza, algo que en 2022 pilló a muchos inversores con el pie cambiado.
El argumento de los optimistas
No todos los análisis apuntan al pesimismo. Henry Allen, estratega de Deutsche Bank, defiende que la situación actual no es comparable a la de 2022, cuando la invasión rusa de Ucrania desató un shock energético de primera magnitud. Ahora, ni el petróleo ni el gas han alcanzado los niveles extremos de aquel año, la inflación de partida es más baja y la situación macroeconómica global es más estable. Eso le da a los bancos centrales más margen de maniobra y reduce la probabilidad de una respuesta tan brusca como la de 2022, cuando la Reserva Federal subió tipos a un ritmo no visto en décadas.
A este argumento se añade otro factor que está sosteniendo las bolsas de forma estructural: la mentalidad del *buy the dip*, es decir, comprar en cada caída. Cada vez que el mercado retrocede, una legión de inversores minoristas —y algunos institucionales— aprovecha para entrar o reforzar posiciones, convencidos de que el rebote llegará. Société Générale describe este comportamiento con claridad: los inversores minoristas están esencialmente especulando en acciones de alta volatilidad, confiando en que los giros de precio se producirán en la dirección correcta y en plazos cortos. Es una estrategia que ha funcionado bien en los últimos años, pero que puede fallar estrepitosamente si el entorno cambia.
Dos caminos posibles
El desacople actual entre el mercado de renta variable y el resto de activos tiene que resolverse de alguna manera. Los analistas señalan dos vías. La buena: el conflicto con Irán se desescala, el petróleo cede, la inflación no se dispara y las bolsas mantienen su optimismo con fundamento. La mala: como ocurrió en 2022, el rally bursátil resulta ser un espejismo y la persistencia de los precios altos de la energía acaba generando una corrección importante en los próximos meses.
Para que la mentalidad compradora cambie de forma sostenida, según los propios analistas de Société Générale, harían falta dos cosas: un nuevo susto geopolítico relevante en Irán y una respuesta muy agresiva por parte de los bancos centrales. Ninguna de las dos es descartable, pero tampoco están descontadas en los precios actuales. Esa es, precisamente, la fuente de tensión que mantiene a los mercados en un equilibrio frágil que puede romperse en cualquier dirección.